Yo mismo tuve muchas polémicas literarias. Con Marina Perezagua (un ser beatífico), Javier Divisa, Alexei Raskolnikov, Camilo de Ory etcétera. Todos fueron exquisitos conmigo, probablemente debido a mis facultades mentales perturbadas (que diría un mal escritor)
Baudelaire impugnaba al escritor que quería probar una tesis; decía que dejaba de escribir novelas para redactar alegatos o panfletos disfrazados de libros. Wilde creía que el realismo es la confesión de una falta de imaginación y que cuando un escritor se vanagloria de ser fiel a la vida, suele significar que carece del talento necesario para inventarla. Orwell se enfrentó al esteticismo puro («El escritor que se refugia en el estilo para no mirar la realidad acaba escribiendo bellamente sobre nada») Nabokov tuvo siempre la convicción que un gran libro no tiene mensaje, sino magia. La política y la sociología son huéspedes ruidosos en la casa de la ficción: una vez dentro, lo rompen todo, añadió. De todos ellos aprendí lo mismo: que la literatura se corrompe cuando quiere justificarse.
Demasiadas veces la literatura es una cloaca decorada con premios. Los escritores se odian con precisión quirúrgica y se felicitan por conveniencia. Todo el mundo habla de genio, pero nadie soporta al genio vivo. El éxito literario es la forma más refinada de la mediocridad organizada. Eso es lo que yo creo. Pero ya no me peleo con nadie por argumentarlo. Para mí los premios literarios han introducido en la literatura una lógica de feria agrícola: se juzga el tamaño, el rendimiento, la visibilidad. El libro ya no se escribe para durar, sino para circular. Otra creencia que no me molesto en razonar.
Creo que hay escritores que no escriben libros, sino que se diseñan carreras. Mucho premio, mucho suplemento, mucha foto; y luego, al abrir el libro, nada. También, debido a las prisas, encontramos gran cantidad de libros perfectamente prescindibles. Ese tipo de escritor que publica demasiado y suele pensar poco. Alboroto, grito, retórica ramplona, prosa sin sangre ni salida de la entraña viva.
Las polémicas literarias verdaderas no tratan de egos heridos, sino de qué es escribir, para qué sirve el lenguaje, qué debe o no debe exigirle el mundo a la literatura. Cuando la polémica desaparece, la literatura se vuelve decorativa; cuando la polémica se vuelve personal, deja de ser fecunda.
A mí ahora ya casi nada me irrita profundamente. Sigo mi camino y no pido vaporosas justicias poéticas.
