Cyril 45

Quien escribe presupone —aunque lo niegue— que su conciencia merece tiempo ajeno de atención. Eso exige una dosis de megalomanía funcional. Sin ella, el escritor no podría empezar; con exceso, se vuelve risible. También hay no poca coartada narcisista; si no me leen, el mundo es estúpido; si me leen poco, no me han entendido; si me leen mal, me vulgarizan.

El escritor, por haber leído mucho, tiende a creerse competente en todo. No superior moralmente (eso sería grosero), sino epistemológicamente: opina con desparpajo sobre ciencia, medicina, matemáticas, economía… sin aceptar los límites del oficio. Aquí hay una confusión grave entre sensibilidad verbal y conocimiento especializado. Muchos escritores no la distinguen.

Flaubert lo sabía: el deseo de ser admirado es la ruina del estilo. La vanidad es el enemigo secreto de la frase justa.

El escritor mediocre cree que escribe para los demás; el escritor vanidoso cree que los demás existen para leerlo. Muy pocos escriben por necesidad interior. La mayoría escribe para verse reflejado en la atención ajena. La literatura es una forma elegante de narcisismo.

George Orwell: «Todo escritor serio es vanidoso, egoísta y perezoso. La escritura nace de un deseo de ser recordado, de parecer inteligente y de imponer una visión del mundo. La honestidad consiste en reconocer estas motivaciones, no en negarlas». Y Thomas Bernhard: «Los escritores son personas que no soportan el mundo tal como es y tampoco soportan a los demás escritores. Se creen excepcionales por defecto y víctimas por vocación. La literatura está llena de egos que se devoran entre sí con cortesía».

Hay algo muy pueril en que un adulto se sienta indispensable.

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