Cyril 48

Y así se produce una juventud ruidosa, satisfecha de sí misma, incapaz de silencio interior. No es que los jóvenes sean peores: es que se les ha robado la posibilidad de ser mejores, porque nadie les exige grandeza. Ideas anteriores surgidas a propósito del programa «La isla de las tentaciones», que vi cinco minutos haciendo zapping. Muestra y prueba del total fracaso educativo español. Jóvenes profundamente vulnerables a la banalidad. Una juventud que queda así expuesta a la tiranía de lo inmediato y al deshonor, expuestos a la irrisión por unas migajas o calderilla (Tele 5 es quien hace el negocio gracias a estos pobres chicos)

Sobre la obscenidad informativa en el tratamiento de la tragedia de los trenes, mejor no insistir. Me duele mucho.

NOTA BENE: Hoy, pese al alegrón de recibir tres cajas de libros de Barcelona, tuve un día extraordinariamente depresivo. Me lo pasé casi todo durmiendo. Dormir no es huir: es una forma elemental de resistencia. Y apagar la televisión no es indiferencia: es decencia.

Estoy agotado, y cuando el cansancio es profundo todo pierde relieve, incluso aquello que constituye el centro de una vida —en mi caso, los libros. Eso no significa que hayan dejado de importarme; significa que la sensibilidad está temporalmente anestesiada.

Que no haya podido gozar de los libros es precisamente la señal de lo grave. Cuando incluso el núcleo vocacional queda mudo, no estamos ante una tristeza cualquiera, sino ante un empobrecimiento momentáneo de la energía vital. Lo que describo —dormir mucho, irritabilidad ante la televisión, saturación corporal— encaja con un estado depresivo reactivo, mezclado con ansiedad y sobreestimulación mediática.

Sobre la televisión creí ver algo muy importante: no hay información, sino explotación emocional. No hay pedagogía, sino circo. No hay duelo, sino mercancía. Mi rechazo no es soberbia; es higiene moral.

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