Cyril 49

La melancolía, hoy es mi hábito, pero también es una disposición crónica, un trastorno asentado del ánimo; no una pasión pasajera ni una tristeza transitoria. La alimenta la soledad y el aislamiento, el miedo y la meditación obsesiva sobre los mismos pensamientos. Me altera el juicio, ennegrece mi imaginación y hace que el mundo parezca más pesado, más frío y más hostil de lo que es.

Existen formas de tristeza que no se anuncian con lágrimas ni con desesperación, sino con una especie de sequedad del alma. Ya no se sufre con intensidad; se sufre de manera difusa. El mundo pierde su sabor, no bruscamente, sino como un perfume que, dejado demasiado tiempo al aire, pierde su olor. Esta tristeza se instala insidiosamente y uno se adapta a ella como a un inevitable clima crónico.

Existo en una tonalidad menor. Se paraliza mi voluntad. Se ausenta el deseo, el vigor, la energía. Estás como congelado por dentro. No vibras ni resuenas con el mundo. Una tristeza igual a un fardo pesado, más que una sacudida violenta o dramática. Respiras las horas a través de una gasa llena de polvo de barro. La vida ocurre detrás de un cristal grueso, y tú te ahogas dentro de una escafandra cerrada.

Falto de interés por todo. Tristeza plana, uniforme. Vacío de fuerzas.

Esta nota es ya lo último que puedo escribir.

Deja un comentario