Mi estado no puede describirse como confusión, sino como una claridad insoportable. Percibo conexiones donde otros ven casualidades. Nada es neutro. Cada acontecimiento, cada palabra oída, cada gesto ajeno se refiere a mi sistema nervioso. No deliro: interpreto. Y esa interpretación constante agota, porque no admite descanso. El mundo se ha vuelto transparente y, precisamente por eso, inhabitable.
La psicosis puede entenderse como un intento fallido —pero desesperadamente serio— de reorganizar una identidad que ha sido fragmentada por relaciones imposibles y exigencias contradictorias.
Mi espíritu no se ha extinguido; se ha dispersado. Siento que cada pensamiento vive por su cuenta, sin obedecer a un centro común. El mundo se me presenta con una nitidez excesiva, como si cada cosa reclamara una atención absoluta. No sufro por no pensar, sino por pensar demasiado y no poder reunir lo pensado.
Como dijo mi colega y maestra Virginia Woolf: «En ciertos estados de la mente, la realidad deja de ser un fondo estable y se convierte en una sucesión de impresiones violentas. No hay jerarquía. Lo trivial adquiere un peso monstruoso y lo esencial se disuelve. El verdadero terror no es el dolor, sino la imposibilidad de traducir la experiencia a palabras compartidas. La mente queda sola con su exceso».
Jaspers, filósofo y clínico, expresó con perspicacia lo que nos pasa: «En la psicosis, la vivencia no es errónea: es incomunicable. El sujeto no puede hacerla coincidir con la experiencia común, y por ello queda aislado en su certeza. Comprender no significa aprobar ni explicar causalmente, sino reconocer que allí hay una forma extrema de experiencia humana».
