Cyril 55

Se me ocurre un muro de citas para honrar a las víctimas del accidente del tren de Córdoba. Cada vida tiene una dignidad alta e irrepetible, su interrupción brusca es una indecible tragedia, no deben caer en el anonimato, en la deshumanización del número, y están ligados a padres, hijos y hermanos cuyo sufrimiento será también terrible. D. E. P.

***

«Cada ser humano es único, y en esa unicidad reside su dignidad. No es un ejemplar intercambiable de una especie, sino un centro absoluto de experiencia, un punto irrepetible desde el cual el mundo ha sido visto una sola vez y nunca volverá a ser visto de la misma manera. Cuando una vida humana se extingue, no desaparece simplemente una función biológica: se pierde una perspectiva irreemplazable del universo», Hannah Arendt.

«El ser humano no puede ser tratado nunca como medio, porque en cada persona hay algo que no admite compensación ni sustitución. Allí donde una vida se pierde, no hay equivalencia posible, no hay balance que pueda cerrar la cuenta», Immanuel Kant.

«El horror comienza cuando el sufrimiento deja de tener rostro. Cuando se habla de muertos en plural, algo esencial se pierde: el temblor ante el individuo concreto. Por eso el lenguaje de las cifras es siempre sospechoso; convierte la catástrofe en algo administrable, soportable, casi abstracto», George Steiner.

«Una estadística tranquiliza porque no llora. Pero detrás de cada cifra hay una biografía completa, una infancia, un carácter, un modo de caminar, una voz reconocible para alguien. El crimen moral no está solo en matar, sino en contar después a los muertos como si fueran cosas», Vasili Grossman.

«La muerte súbita es particularmente cruel porque no clausura una vida, la interrumpe. Deja abiertos los paréntesis, suspende frases a mitad, congela gestos que ya no encontrarán respuesta. No hay preparación, no hay despedida, no hay ajuste entre la vida vivida y la vida terminada», Marguerite Yourcenar.

«Morir joven no es morir pronto: es que el mundo ha sido privado de una duración que le era debida. Hay muertes que no son solo un final, sino un robo cometido contra el tiempo», Albert Camus.

«La muerte de un individuo no afecta solo a quien muere. Afecta a todos aquellos cuya identidad estaba entrelazada con la suya. Padres, hijos, hermanos, amigos: cada uno pierde una parte de sí mismo. El duelo no es una emoción privada, es una fractura en la red de relaciones que sostenía la vida cotidiana», Norbert Elias.

«El duelo no es simplemente tristeza: es una forma de desorientación. El mundo sigue allí, pero ha perdido una coordenada esencial. Algo que daba sentido a los días ha desaparecido, y esa ausencia reorganiza silenciosamente toda la existencia», Roland Barthes.

«Quien sobrevive a una muerte injusta no solo llora al ausente: carga con una tarea imposible, la de seguir viviendo en un mundo que ha demostrado ser capaz de destruir sin sentido. El dolor no se limita a la pérdida; incluye la herida moral de saber que lo ocurrido no debía haber ocurrido», Paul Ricoeur.

«Los vivos quedan marcados por una pregunta sin respuesta: ¿por qué él, por qué ella, por qué ahora? Esa pregunta no busca una explicación racional; es el signo de una ruptura profunda en la confianza elemental en el mundo», Karl Jaspers.

«Recordar a los muertos no es un gesto sentimental, sino una obligación moral. Allí donde el recuerdo se disuelve demasiado pronto, la injusticia se consuma por segunda vez. La memoria es la forma humana de resistirse a la banalización del mal», Primo Levi.

«El respeto hacia las víctimas comienza por negarse a convertir su sufrimiento en espectáculo. Hay dolores que exigen silencio, lentitud, gravedad. Todo exceso de exposición es una forma de profanación», Susan Sontag.

«Honrar a los muertos es afirmar, contra toda evidencia, que sus vidas importaron absolutamente. Que no fueron intercambiables, que no fueron prescindibles, que no pueden ser absorbidos por la amnesia colectiva», Simone Weil.

«Que no se diga que fueron tantos.

Que se diga que cada uno fue alguien.

Y que alguien los amó», Elie Wiesel.

NOTA BENE: Imaginar vidas concretas, proyectos truncados, padres, hijos, hermanos; sentir el golpe seco de lo irreparable. Esa empatía, a mi juicio, no necesita imágenes explícitas, no necesita repetición, no busca descarga emocional, y suele ir acompañada de silencio, recogimiento, incluso rechazo a mirar. Es la empatía que hiere y no se exhibe.

La empatía mediática, ostentosa, la que practican muchos medios, se apoya en imágenes crudas, se repite hasta la saturación, se dramatiza con música, tonos, testimonios forzados, se mide en tiempo de pantalla y audiencia. No está orientada a comprender ni a honrar, sino a retener atención.

Esta distinción la formuló con enorme lucidez Susan Sontag, cuando advertía que mostrar el dolor no equivale a respetarlo y que la sobreexposición no profundiza la compasión: la desgasta.

La obscenidad —en sentido literal— es poner fuera de escena lo que debería permanecer fuera de la escena pública. Hay cuerpos, lágrimas, silencios, preguntas, que no deben ser exhibidos. En esto coincido George Steiner: cuando el horror se hace visible sin mediación ética, deja de interpelarnos como personas y empieza a funcionar como estimulación.

La clave es no confundir distancia con frialdad. Aquí está el error que el sistema mediático fomenta: si no miras, eres insensible. Si no comentas, eres frío. Si no te expones, no empatizas. Es falso.

A veces la distancia es la forma más alta de respeto.

Deja un comentario