Cyril 56

Angor nocturnus. Desregulación vegetativa. De día estás solo en un lugar. De noche estás solo en el mundo. Se cierran tus horizontes. Durante el insomnio, el tiempo se dilata hasta volverse irreconocible, y uno descubre que puede vivir una eternidad entre dos latidos purulentos. Nada pesa tanto como una noche que no pasa. Allí el pensamiento no avanza: gira. Gira en torbellino ciego y entrópico. Y girar sin avanzar es una forma de tortura. El insomnio no es falta de sueño; es exceso -criminal- de existencia.

Las horas nocturnas poseen una elasticidad singular. Un minuto puede contener una vida entera, y una noche puede parecer más larga que un año. El sufrimiento nocturno no grita: insiste, percute, golpea, se posa. Mi maestra y alma gemela Virginia Woolf lo supo bien: «En la noche, el espíritu pierde sus defensas. Los pensamientos que de día se toleran, de noche se vuelven insoportables. No porque sean más verdaderos, sino porque ya no hay nada que los contradiga.»

Soportarse a sí mismo toda la madrugada.

Soportar una mente que pierde su cáculo y asidero, su luz y su medida.

Soportar la persistencia del aliento del diablo en la sombra.

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