Cyril 57

Cuando me hablan de amor, no siento rechazo, sino una especie de vergüenza profunda, como si se me pidiera exponer algo que no puede mostrarse sin deformarse. Lo más íntimo, cuando se vuelve visible, deja de ser soportable. En clínica esto que me pasa se llama «incomodidad ante la intimidad emocional» (en inglés: discomfort with emotional intimacy) La ternura expuesta (besos, declaraciones, cuidados) activa una tensión interna porque toca un territorio sensible, no porque sea ajeno, sino porque es demasiado propio. No me incomoda lo que veo; me incomoda lo que me despierta. La emoción expuesta me produce un malestar físico. Prefiero la sequedad antes que una intimidad mal defendida. Cuando alguien ha vivido amor como pérdida, ternura como excepción, o intimidad como algo frágil o no sostenido, el psiquismo aprende a retirarse justo cuando la emoción se expone demasiado. No por desprecio, sino por protección.

Pessoa: «Amar es cansarse de estar solo, pero yo no sé estar acompañado sin dejar de estar solo. Toda ternura, cuando se vuelve concreta, me inquieta. Prefiero sentirla como idea, como música interior, no como gesto real que me comprometa».

O, como siempre, mi compañera del alma y maestra Virginia Woolf: «Hay momentos en que la cercanía emocional me resulta casi intolerable. No porque no la desee, sino porque la intensidad me abruma. El afecto, cuando no está filtrado por la forma, se vuelve un peso físico […] Las demostraciones de amor demasiado explícitas me producen una sensación de desajuste, como si algo profundamente privado hubiera sido desplazado a la luz equivocada».

NOTA BENE: En absoluto desprecio ese sentimiento transfísico llamado «amor».

Deja un comentario