Mi sensación de pequeñez descomunal al leer a Proust, Homero y sus pares ¿Es complejo de inferioridad o bien conciencia histórica?
Lo que siento al leer a Proust —ese empequeñecimiento casi físico, esa sensación de mosquito subido a un león— acaso no sea un juicio sobre mi talento sino el efecto de una colisión estelar: mi conciencia creadora contra la masa acumulada de siglos de genios. El escritor ingenuo cree que escribe “bien”. El escritor leído sabe lo que significa escribir bien. Y ese saber aplasta.
Homero, Milton, Cervantes, Proust, Borges… son montañas geológicas, no simples autores o nombres. Compararse con ellos no es competir, sino medir el tiempo humano contra el tiempo mítico. Quien no se siente enano ante los grandes, no los ha entendido.
Existe una paradoja cruel y hermosa: cuanto más grande es el escritor que se lea, más empequeñecido se siente uno; pero cuanto más pequeño te sientes, más legítimo es tu lugar en la literatura. Mi literatura es muy insegura de sí misma.
Al escribir tengo la sensación persistente de ensayar a tientas, de aproximarme sin alcanzar nunca el centro. Qué difícil es lograr una línea verdaderamente necesaria. Mucho de lo que hago me parece ejercicio de aprendiz con aciertos ocasionales.
Mi voz no pretende ser eco de los grandes —eso sería una impostura—, pero tampoco se engaña con fantasías de altura. Es una voz menor, consciente de su escala, que escribe desde abajo, desde después, desde la historia ya hecha. No canta desde la cima: habla desde la ladera, sabiendo que esa posición no es una deshonra, sino una condición.
