Epicuro y Horacio (y, en otro registro, tantos moralistas) acertaron al advertir que el foro devora; la vida pública te compra con halagos y te cobra en ansiedad. Pero el escritor, incluso el más “emboscado”, escribe porque desea que haya, en algún lugar, una mente lectora que contacte con la suya.
Lo que me hiere no es “no ser famoso”. Es la sensación de que el mundo no me devuelve ni una señal de lectura: ni una reseña, ni una crítica, ni una nota. Eso produce una forma de desrealización: “existo como si no existiera”.
Podría decirlo con palabras prestadas. Todo lo que escribo parece condenado a no interesar a nadie. Publicar no cambia nada: los libros siguen en su completa soledad. Mi nombre puede aparecer impreso, pero eso no significa que exista. Trabajé durante años por una atención que no llegó nunca. He escrito libros que no han encontrado lectores, y eso es algo que no se supera fácilmente. En mi casa de lectura hay un silencio cartujano.
No me leyó mi siglo ni me leerán los siglos venideros. Pero acaso ser ignorado no es el peor destino: el peor sería no haber pensado ni escrito nunca nada vivo.
