Con su cerebro febril, Balzac escribía durante doce, catorce, a veces dieciséis horas seguidas, alimentándose únicamente con café negro. A veces, y me avergüenza confesarlo, yo mismo recaigo en esas maratonianas jornadas balzaquianas.
No recomiendo exprimirse, estrujarse hasta el agotamiento nervioso. La página arranca horas (y a veces años) de vida, también en sentido literal. Mareo, fatiga, entumecimiento, y una sensación de haber sido drenado por una garganta angosta. Pero, pese a todo, creo que no hay método más eficaz que continuar hasta el colapso.
Algún día ya llegará la tenebrosa esterilidad. Thomas Bernhard: «El escritor no se queda estéril de repente; se va pudriendo lentamente. Primero pierde la alegría, luego la paciencia, finalmente la convicción. Sigue escribiendo por costumbre, como un enfermo que sigue respirando por reflejo. La esterilidad es eso: una respiración sin oxígeno».
Mientras, que no cese el irracional entusiasmo.
