Cyril 67

Acabo de pedir el libro «Las crines» de Marc Colell.

No puedo menos que asentir con Montaigne (traducción libre de los «Ensayos», II, 17): «Me siento tan vivamente tocado por el mérito de otro como si fuese propio. No conozco pasión más natural ni más justa que alegrarme del bien ajeno cuando lo reconozco verdadero. La gloria de los hombres excelentes no me empequeñece, me agranda: añade mundo a mi mundo. Me parece que el espíritu humano se honra entero cuando uno solo alcanza su cima. Quien no sabe admirar, se mutila. Quien no puede gozar del talento ajeno, vive empobrecido incluso cuando triunfa».

Vivo el éxito ajeno de algunos autores como una victoria de la literatura misma. Leo los libros de Colell con emoción profunda. Me consuela pensar que, mientras existan libros así, no todo está perdido. Su éxito me tranquiliza. Prueba que la excelencia no es inútil y que aún se puede escribir sin falsedad. El triunfo de un libro verdadero es un triunfo para todos los que escribimos a su sombra. Hay una alegría secreta en ver que otro ha llegado más lejos: demuestra que la justicia existe.

Borges (paráfrasis fiel a una de sus «Conversaciones»): «Nunca he entendido la envidia literaria. Cuando un escritor escribe bien, el mundo se enriquece, y ese enriquecimiento es común. Que otro alcance la perfección que yo no he alcanzado no me disminuye: me confirma. Prefiero leer una obra admirable que escribir una mediocre. El éxito ajeno no me roba nada; me da algo que leer».

Produce placer ver florecer el talento de otros. El verdadero espíritu no teme ser superado, porque sabe que cada grandeza nueva amplía el horizonte del arte.

Enhorabuena, Marc.

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