Cyril 75

Si deliro sin brida me gustaría que se dijera de mí que, aunque no pertenecí al grupo de los grandes escritores, sí pertenecí al de los indispensables. No levanté catedrales: limpié una habitación, coloqué una silla, abrí una ventana. Mi obra no deslumbró, pero acompañó. No hizo ruido; dio compañía.

No escribo para ser reseñado en los manuales de literatura, sino para dos, tal vez tres, voces amigas. A un autor de best-sellers lo leen cientos de miles con distracción; yo quisiera una parte infinitesimal de ese monto de lectores, pero ser leído, en cambio, con atención. Los escritores secundarios a menudo decimos cosas que los grandes no pueden permitirse. No estamos vigilados por la ingrata posteridad. Escribimos con una libertad preciosa.

No soy ni héroe ni titán literario. La literatura avanza gracias a muchos escritores menores como nosotros. Los grandes abren caminos; los menores los recorremos con paciencia, los ensanchamos, los volvemos habitables. No es ese un mal destino.

Deja un comentario