Cyril 82

Recuerdo las enfermedades de la infancia sobre todo por mi madre. No por palabras, sino por gestos repetidos: la mano en la frente, el agua fresca, la espera. Estar enfermo significaba regresar a un estado primitivo en el que alguien más se ocupaba de vivir por ti. Mamá velaba el sueño como si custodiara algo frágil. La enfermedad convertía la casa en un lugar más silencioso, más atento. Todo se organizaba alrededor del cuerpo débil, y esa atención era una forma de amor sin palabras.

Proust: «Cuando estaba enfermo, mi madre se sentaba junto a la cama y su presencia bastaba para que el sufrimiento se atenuase. No era tanto lo que hacía como el modo en que estaba allí: su voz baja, sus movimientos lentos, la manera en que acomodaba las sábanas. Todo el cuerpo encontraba reposo en esa vigilancia silenciosa. Sin ella, el dolor parecía más violento, más desordenado; con ella, incluso la fiebre obedecía».

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