Hablar de un libro propio en público es una forma de desnudez innecesaria. El libro ya ha dicho todo lo que podía decir; el autor, cuando habla, suele estorbar. Sin embargo, hay una cortesía social que exige esta ceremonia: el escritor se deja ver para que el libro pueda volver a ocultarse, dijo aproximadamente Canetti.
Hoy se presentaron tres de mis libros. Pese a llevar dos noches sin dormir, me encontré cómodo -ayudo mucho el co-presentador, mi maestro el sabio Vicente Gracia-, cómodo aunque sin mi chispa habitual. Toda presentación de un libro es un malentendido organizado. El público cree que se le va a explicar el libro; el autor sabe que el libro no se explica. Se habla entonces de otra cosa: de circunstancias, de anécdotas, de coartadas. El libro, mientras tanto, espera en silencio a que alguien lo lea.
Publicar un libro es un acto de confianza radical: confiar en que, en algún lugar, en algún momento, una mente desconocida se detendrá, leerá despacio y responderá en silencio. Toda presentación es apenas un prólogo social a ese encuentro íntimo. Virginia Woolf: «Un libro no empieza cuando se imprime ni termina cuando se cierra. Empieza cada vez que un lector lo abre con una expectativa, y termina de un modo distinto en cada conciencia. El autor sólo inaugura una posibilidad».
