Cyril 91

Ese aroma, mezcla de polvo, cola y papel envejecido, ese olor rancio, pero dulcísimo. El perfume del papel envejecido tiene algo de confidencia, de secreto compartido. Abrir un libro antiguo es un gesto casi amoroso. Un volumen con aroma de humedad, de encierro, impone un ritmo lento. No se lee igual un libro recién impreso que uno que huele a sótano, a inviernos detenidos.

Un libro sin olor es un texto; un libro con olor es una experiencia. Quizá por eso seguimos acercando los libros a la cara: no para leerlos mejor, sino para comprobar que están vivos.

Quien ha olido una biblioteca sabe que la cultura también se respira.

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