Cyril 114

Nada hay más presuntuoso que aquel que, habiendo aprendido unas pocas palabras elementales, cree dominar todas las cosas. Estos tales hablan de todo con idéntica ligereza, y cuanto menos saben, con mayor vehemencia sentencian. Exacto, tertuliano o todólogo, pura «stultitia locuaz».

Vivimos una inflación de opiniones y una deflación de conocimiento. La democracia del ruido no distingue entre el que sabe y el que simplemente reacciona. Definición perfecta del ecosistema tertuliano.

El conocimiento científico procede por demostración; la opinión, en cambio, procede sin necesidad. Por eso la ciencia engendra certeza, mientras que la opinión solo engendra persuasión para incautos. Es un error mayor creer que se sabe cuando solo se cree. Nada hay más arrogante que la ignorancia satisfecha. Roma ya conocía al contertulio de sobremesa… y de foro. Cicerón, «Tusculanae Disputationes»: «Muchos hablan con gran seguridad sobre cosas que jamás han examinado. Confunden la costumbre de oír con la capacidad de juzgar. Así, lo que se repite se vuelve creíble, y lo creíble se toma por verdadero».

Los todólogos hablan sin haber pagado el precio del estudio, de la duda, del error lento. Es el fast-thinking convertido en espectáculo. El tertuliano expropia: habla como si ya no hiciera falta el experto. El experto estorba; el tertuliano fluye. No necesita tener razón; necesita no quedarse callado. El silencio —que para cualquier persona razonable es método— para él es muerte mediática. Es un ignorante funcional. Sabe hablar, sabe activar fórmulas, sabe entonar autoridad. Ha aprendido el acento del saber, no su gramática. Por eso puede saltar sin rubor de la virología a la geopolítica, de la mecánica cuántica a la educación infantil, de la genética del trigo a la ingeniería de caminos: no porque crea que todo sea igual, sino porque todo le sirve igual. Ocupa el hueco que deja el especialista cuando el medio decide que el rigor es lento, caro o antipático.

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