Vivo en una aldea orensana de nueve personas; sé de la ciencia del equilibrio paciente. Aquí no nos engañan las palabras grandes. El que llega con teorías se va con humedad en el cuerpo y pocas certezas. Es un lugar que desarma al visitante por agotamiento. En la aldea todo se oye: el agua, la madera, los animales, el tiempo. La vida transcurre con una claridad brutal. Nada se oculta del todo porque no hay dónde esconderse.
Me gusta. Pero a veces, bastantes veces, sueño con Venecia. Allí donde cada idea es un oro ornamental, y la melancolía es elegante, y la belleza es una ceremonia casi museística. Sangre con regusto de vodka de luz que bebe un esteta. Donde las calles parecen copias de sí mismas. La ciudad da la impresión de haberse pensado demasiado a lo largo de los siglos, hasta volverse frágil, casi translúcida. Como caminar dentro de una fotografía demasiado perfecta. Un perfume orgulloso, más para citar que para oler.
La aldea. Una armonía demasiado menuda.
