Mi modo de vida me aísla de los otros, no por voluntad, sino por incompatibilidad. Vivo demasiado ensimismado debido a mi esquizofrenia. Todo lo que para los demás es natural, para mí es problemático. Así parezco extraño, pero no hago nada para parecerlo. La rareza no consiste en desviarse, sino en no poder acomodarse. El mundo exige una naturalidad, una salud, que no poseo.
Toda sensibilidad intensa o morbosa o enferma es vista como exagerada. La cultura llama ‘extravagante’ a quien se toma las cosas demasiado en serio, demasiado fuera del guion. Pero la rareza es a menudo una forma de rigor: no aceptar las convenciones emocionales prefabricadas.
Siempre he tenido la sensación de estar ligeramente fuera de sitio, como una silla colocada en una habitación que no es la suya. No hago acaso nada extravagante a propósito, pero mi simple manera de mirar y hablar parece excesiva. Me esfuerzo por ser sencillo, y sin embargo resulto complicado para los otros. Tal vez porque no sé fingir naturalidad. La naturalidad, en la mayoría de los hombres, es una costumbre aprendida; la mía es una torpeza honesta.
Me siento extraño incluso para mí mismo. Vivo como un testigo de mi propia vida, no como su actor principal. Esta distancia interior, que es mi tormento, es también mi condena social. El mundo exige afirmaciones; yo solo tengo escrúpulos y noches malas. Así me convierto en un ser lateral, inútil, excéntrico.
