Cyril 128

La matanza del cerdo. Nunca se olvida. La sangre humea sobre la tierra helada y nadie parece escuchar el chillido, porque en los pueblos se aprende pronto a no oír lo que no conviene. La matanza es brutal, sí, pero es una brutalidad antigua, reglada, casi administrativa. Un acto necesario y, por ello mismo, terrible. No hay sadismo, pero sí una aceptación dura del dolor ajeno. El grito del animal quedaba suspendido en la memoria como una pregunta sin respuesta teológica. El chillido del cerdo es un recordatorio obsceno de que la vida rural no es idílica, sino exacta y despiadada.

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