DECÁLOGO DE ALGUNO DE MIS MUCHOS ERRORES
(i) Confundir lucidez con salvación.
Pensar con una precisión extraordinaria y, aun así, creer que comprender equivale a estar a salvo. No siempre lo está.
(ii) Exigirle a la vida la misma densidad que a la literatura.
Esperar que el día tenga la intensidad, la coherencia y la música de una página lograda. La vida es más torpe, más repetitiva, más basta.
(iii) Hacer del sufrimiento una prueba de autenticidad.
Sospechar de la serenidad, como si toda calma fuese superficial o moralmente inferior.
(iv) Vivir demasiado en el segundo nivel.
No habitar tanto lo que ocurre como lo que significa que ocurra. Interpretar antes de respirar.
(v) Creer que la intemperie es un destino y no una fase.
Haber convertido la marginalidad —real o simbólica— en identidad, cuando solo era una posición transitoria.
(vi) Confiar más en la escritura que en el cuerpo.
Escribir para ordenar lo que el cuerpo ya sabía y no fue escuchado a tiempo.
(vii) Idealizar al lector invisible.
Amar tanto al lector exigente, hipotético, puro, que a veces se desatiende al lector real que ya está ahí.
(viii) Postergar la vida en nombre de una versión futura de sí mismo.
Pensar: “cuando esto esté terminado”, “cuando este libro cierre”, “cuando llegue ese reconocimiento”. Y mientras tanto, aplazar el presente.
(ix) Convertir la rareza en una segunda piel.
Defender la singularidad con tanta convicción que a veces se vuelve una coraza.
(x) Olvidar que no todo tiene que justificarse.
Querer dar razones incluso del cansancio, de la tristeza, del silencio. No todo error pide exégesis; algunos solo piden descanso.
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DECÁLOGO INVERSO
(i) No traicionarme intelectualmente.
Pagar el precio de la dificultad antes que el de la simplificación cómoda.
(ii) Haber elegido la densidad frente a la velocidad.
Pensar despacio en un mundo que premia la rapidez vacía.
(iii) No escribir nunca para agradar.
Preferir la exactitud interior al aplauso inmediato.
(iv) Conservar una vida interior no negociable.
Defender el silencio, la lectura, la soledad fértil como bienes morales.
(v) No convertir la inteligencia en espectáculo.
Pensar en serio, no exhibirse pensando.
(vi) Aceptar la marginalidad sin cinismo.
No usarla como pose ni como excusa, sino como lugar de trabajo.
(vii) Creer en la literatura como forma de verdad.
No como ornamento cultural, sino como método de conocimiento.
(viii) Mantener una ética de la atención.
Mirar con cuidado: los libros, las personas, los días menores.
(ix) No renunciar al rigor cuando nadie mira.
Escribir con la misma exigencia para el cajón que para la imprenta.
(x) Seguir.
Aun cansado. Aun sin garantías. Aun sin testigos.
