La lluvia persistente, el encierro en la aldea, el cielo bajo, la luz mate, el frío húmedo, me causan un aumento de la melancolía, una sensación de irrealidad, tristeza espesa, pensamiento circular, y ese tono sombrío que no es exactamente depresión, sino oscurecimiento del mundo.
Aristóteles, aproximadamente, nos dijo: “La melancolía no surge sin causa. Aumenta cuando predomina el frío y cuando el cuerpo permanece demasiado tiempo en reposo. En tales condiciones, el ánimo se vuelve grave, lento, inclinado a la tristeza y a la contemplación de lo que pesa. El invierno favorece este estado, pues enfría el cuerpo y oscurece el ánimo. De ahí que algunos hombres, cuando el frío y la humedad dominan, se tornen pensativos, sombríos, propensos a la pena, sin que por ello pierdan del todo la lucidez”.
E Hipócrates: “Las regiones húmedas y frías engendran temperamentos más lentos, más graves, más propensos a la tristeza. Allí donde el sol se muestra poco y la lluvia es frecuente, los hombres son más reflexivos, pero también más vulnerables a la melancolía. El cuerpo se vuelve pesado y el alma lo acompaña”.
Sin olvidar a mi maestro Montaigne: “Nada me entristece tanto como los días largos de lluvia continua, en los que no se puede salir ni distraer el pensamiento con el movimiento del mundo. Entonces la mente, privada de objetos externos, se vuelve contra sí misma, y no siempre con benevolencia. El ocio forzado es un maestro cruel”.
Bajo un cielo perpetuamente gris, el espíritu acepta más fácilmente la inutilidad de las cosas. La lluvia prolongada es una pedagogía del desaliento.
