Vivo en un pazo viejo. La casa se cae a pedazos. Ahora, más goteras (hoy cayó la mundial) Nada altera más profundamente una casa que una gotera. No hace ruido como un derrumbe ni asusta como el fuego. Simplemente insiste. Día tras día. Yo desearía un mundo de impermanencia, fijo y continuo, sin cambios, inmutable. Pero la gotera es una humedad de la conciencia y un recuerdo de la corrupción, del paso del tiempo. Se la escucha incluso cuando no cae. La casa empieza a parecer pensativa, cansada, como un animal viejo que ya no logra mantener el cuerpo hermético. Me neurotizan.
La gotera redefine la habitación: el cubo, el trapo, el desvío del paso. El espacio ya no es el mismo porque el agua lo ha escrito. Las grandes ruinas llegan de golpe; las pequeñas, gota a gota. Una gotera en casa enseña más sobre la duración que cualquier tratado. No destruye: desgasta. No amenaza: fatiga. nada es completamente seguro, ni siquiera lo que nos cubre. Enseña a poner cubos, a mover muebles, a ceder espacio. Educa en la humildad del desvío. En un pazo viejo siempre hay madera, polvo, y esa vida mínima que roza por dentro. Goteras. Son cristalitos concentrados de sudor de ratón. Me aterran.
