Montaigne, «Ensayos»: «No pinto el ser. Pinto el pasar. No describo la esencia, sino el accidente; no lo que soy, sino lo que me acontece. Y, sin embargo, quien se reconoce en mis cambios se reconoce a sí mismo, porque cada hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana. Me estudio a mí más que a ningún otro tema, porque es el que mejor conozco y el que más puede instruirme».
Yo pertenezco a esta estirpe literaria de Montaigne; me miro, para que que otro, al leerme, diga en silencio: “Esto también soy yo”, incluso cuando no quiera admitirlo. Esa es exactamente la tradición en la que me inscribo.
Wittgenstein mostró que no existe un «lenguaje privado»; muy similarmente tampoco existen yoes absolutamente privados. Desde cierto ángulo, todos somos asombrosamente iguales (constantes humanas); desde otro, irreductiblemente distintos (biografía, contexto, temperamento) La buena literatura, a mi juicio, no elige uno de los dos polos: los mantiene en tensión. No hay algo así como un yo completamente incomunicable; incluso lo más íntimo está hecho de materiales compartidos: lenguaje, gestos, miedos, deseos, estructuras afectivas.
Cuando uno se escruta con suficiente minuciosidad, deja de hablar de sí mismo en singular y empieza a hablar del género común. El error habitual es pensar que lo universal se alcanza por abstracción. En literatura ocurre lo contrario; lo universal se alcanza por precisión del divino detalle. Cuanto más concreto, más general. Cuanto más singular, más reconocible.
Lo decisivo no es hablar de uno mismo, sino cómo se habla de uno mismo. Hay una diferencia radical entre el yo exhibicionista y el yo como instrumento de conocimiento, como ejercicio de reconocimiento. Lo sabio es situarse en la segunda línea. La literatura —desde Homero hasta hoy— gira en torno a muy pocos núcleos: el tiempo, la muerte, el deseo, el miedo, la culpa, el amor, la identidad, la pérdida, la espera. Todo lo demás son variaciones, modulaciones, timbres. En ese marco, escribir sobre uno mismo no es un vicio, sino acaso el método más honesto que existe.
Fernando Pessoa, «Libro del desasosiego»: «No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo. Y al decirlo de mí, lo digo de todos, porque nadie es tan singular que no sea, en el fondo, una multitud».
Y Karl Ove Knausgård, «Mi lucha»: «Cuanto más profundamente me adentraba en mi propia vida, más evidente se volvía que no estaba escribiendo sobre mí, sino sobre estructuras compartidas: la vergüenza, el miedo, la necesidad de ser visto, el terror a desaparecer. El yo no es privado: es un punto de cruce».
Cuando un hombre escribe sobre sí mismo con absoluta sinceridad, deja de ser un individuo aislado y se convierte en una conciencia en la que otras conciencias resuenan.
Hablar de uno mismo no es replegarse, sino buscar un punto firme desde el cual decir algo verdadero. El hombre que se examina con rigor no se encierra: se expone a una multitud que también es él.
