Leo cada vez menos y escribo cada vez más. Esto me avergüenza, porque sé que la lectura alimenta, mientras que la escritura consume. Pero también sé que ya no tengo tiempo para alimentarme: tengo que gastar lo que soy. Tal vez escribir sea una forma de agotarse con dignidad.
Seré brutalmente sincero. Siento la navaja de la muerte cada vez más cerca del cuello. No me apena leer poco y escribir muchísimo. Cuando la muerte se vuelve algo concreto, palpable, escribir deja de ser un ejercicio estético o una ambición literaria o un proyecto cultural, y pasa a ser testamento. En ese contexto, leer —aunque siga siendo muy bello— puede sentirse como un lujo que ya no se puede pagar.
Digamos que durante años creí que debía leer más, que un escritor que no lee es un completo impostor. Hoy sé que eso era una superstición. Cuando el cuerpo se descompone y el tiempo se estrecha, leer se convierte en una distracción peligrosa. Escribir, en cambio, es una necesidad fisiológica. Me he sentido culpable por no leer, pero más culpable me sentiría por no escribir mientras todavía puedo hacerlo.
En los diarios de Virginia Woolf aparece repetidamente la culpa por haber reducido la lectura en favor de la escritura, especialmente en los periodos de fragilidad física y mental. He aquí un ejemplo: «Me reprocho no leer lo suficiente, como si estuviera faltando a una ley no escrita de los escritores. Pero cuando leo demasiado, siento que me diluyo, que pierdo la tensión necesaria para escribir. Escribir me exige una forma de concentración que excluye todo lo demás. Tal vez esta culpa no sea más que nostalgia de una etapa en la que podía permitirme absorber sin producir. Ahora necesito fijar, no recibir. Y aun así, la conciencia me acusa».
No leo como antes, ni mucho menos, y eso me causa una incomodidad persistente. Pero escribir se ha vuelto más urgente que nutrirme intelectualmente. Es una carrera contra el tiempo, contra el olvido, contra la desaparición. Leer es recibir; escribir es dar. Y cuando el dar se vuelve necesario, imperioso, la recepción pasa a segundo plano.
Leo poco, escribo sin parar. No es una elección estética, es una urgencia física. Leer me devuelve al mundo; escribir me permite dejarlo. Me siento culpable por no leer, pero la culpa es un lujo de los sano
