El campesino pertenece a un lugar como el árbol pertenece a la tierra. La ciudad, en cambio, exige movilidad, desapego, sustitución constante. El elemento propio de una ciudad es la muchedumbre, como el agua para los peces. El movimiento, lo fugitivo, lo contingente, esa es la condición del urbanita. El mundo rural no es romántico: es frágil, duro y limitado, pero conoce algo que la ciudad ha perdido casi por completo: la continuidad entre la memoria y el paisaje.
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«La ciudad moderna produce un tipo de individuo que se protege mediante la indiferencia. La sobreestimulación nerviosa obliga al habitante urbano a desarrollar una coraza psíquica: el trato se vuelve calculado, distante, intelectualizado. Allí donde la aldea exige implicación personal, la metrópolis permite una libertad inédita, pero al precio de una profunda despersonalización. El urbanita es libre porque nadie lo conoce; y está solo por la misma razón», Georg Simmel.
«La ciudad, cuando se convierte en mera urbe, deja de ser un lugar de convivencia y pasa a ser un mecanismo de producción y consumo. En ese tránsito, el habitante se transforma en usuario, el ciudadano en cifra. La aldea conoce límites naturales; la ciudad histórica conoce formas; la urbe moderna solo conoce crecimiento. Y allí donde todo crece, nada arraiga», Lewis Mumford.
«El campo ha sido idealizado como pasado perdido y la ciudad demonizada como corrupción presente, pero ambas imágenes son construcciones culturales. El campo fue también miseria, aislamiento y violencia; la ciudad ha sido espacio de emancipación y creación. La tensión entre ambos no es geográfica, sino histórica: expresa la lucha entre formas de vida, ritmos del tiempo y modelos de relación humana», Raymond Williams.
