Cyril 148

Ita, mil razas, es de un color castaño rojizo, espeso y brillante, como si cada pelo guardara memoria de la tierra. Tiene las orejas sedosas, caídas con una gracia casi melancólica, y unos ojos grandes, oscuros, atentos, que parecen absorber el mundo sin juzgarlo. Cuando duerme la respiración es lenta, regular. A veces una pata se mueve levemente, como si persiguiera algo que solo existe en su sueño. Incluso dormida, sigue viviendo con intensidad.

Ita no pregunta. No interpreta. No exige una versión mejor de mí. A su lado, la vida se reduce a lo esencial: estar, respirar, acompañar. Quizá eso sea lo más cercano a la paz. Se acerca cuando escribo y se queda cerca, como si comprendiera que esa soledad es necesaria, pero peligrosa. Su presencia corrige mis excesos interiores. Es una forma de amor que no invade y nunca abandona.

Ita envejece conmigo. En su paso más lento reconozco el mío. No dramatiza el tiempo: lo acepta. Y esa aceptación muda es una lección diaria. Los hombres hablamos demasiado de la vida; los perros la viven sin comentarios. Su sobriedad es una forma de sabiduría que no se aprende en los libros.

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