En mi caso, el lujo no significa poder, ni jerarquía, ni triunfo. Significa origen, protección, orden, amor encarnado en cosas. Las cosas no valen por lo que cuestan, sino porque fueron el modo en que el amor se organizó. Tuve una infancia de niño rico, de ahí la mitología por mi reino afortunado.
El lujo es igual a la memoria del amor y la compasión paralela que siento por los humillados y ofendidos es mi conciencia ante la injusticia. No hay incoherencia. Hay doble lealtad: a lo que me salvó y a quienes no fueron salvados.
El collar de perlas descansaba sobre la piel de mamá como una frase exacta de Ruskin. No proclama riqueza, sino fidelidad a una antigua belleza. Papá va vestido con un orden impecable, con una corbata de seda que provoca una autoridad implícita. Nos disponemos a cenar en el hotel modernista de Sitges como todos los fines de semana.
Escribió Proust: «El lujo no es, como se cree, una superabundancia inútil, sino una manera de rodearse de formas que hacen más respirable la vida. Los objetos bellos no nos sirven solo por su función, sino porque prolongan nuestra sensibilidad, la afinan, la ordenan. Un mueble, una tela, una habitación bien proporcionada no son signos de riqueza, sino instrumentos de atención. Para quien ha crecido entre ellos, no representan el orgullo de poseer, sino la tristeza de haber conocido una armonía que el tiempo ya no concede. El lujo es entonces memoria, no privilegio.»
El verdadero lujo no tiene nada que ver con la ostentación. Es una necesidad del espíritu refinado, una defensa contra la brutalidad del mundo. Rodearse de buenos libros, de tejidos nobles, de objetos bien hechos, no es una forma de despreciar a los pobres, sino de proteger la vida interior contra la vulgaridad. El lujo auténtico es íntimo. Y cuando desaparece, deja tras de sí una melancolía comparable a la pérdida de un clima favorable, de una infancia preservada y feliz.
