Mi fragilidad psíquica no nació de la privación, sino quizá del exceso de protección: un sistema nervioso educado en la delicadeza, no en la brutalidad. El lujo no protege. Cuando la mente empieza a resquebrajarse, el contraste es inmenso: cuanto más cuidado ha sido el entorno, más violenta resulta la irrupción del desorden interior. El lujo no anestesia el sufrimiento psíquico; lo subraya.
Cuando la vida ha sido dispuesta con cuidado, cualquier fisura de la mente se percibe con una violencia mayor. Quien ha crecido rodeado de atención, de belleza y de orden, experimenta el sufrimiento no como una carencia más, sino como una anomalía intolerable.
La seguridad burguesa crea un marco estable, pero no un espíritu fuerte. Quien ha vivido siempre en un mundo protegido no ha aprendido a negociar con la violencia interior. Cuando esta aparece, no hay hábitos ni lenguajes que la contengan.
La enfermedad no respeta privilegios.
Quien ha conocido el orden no se resigna fácilmente al caos.
