ICE, especialmente en redadas públicas, aeropuertos o barrios concretos, operan como mensaje político: “El poder está aquí, puede tocarte, ahora”. Roma entendía perfectamente ese lenguaje. Los lictores, con sus fasces, no eran simples escoltas: materializaban la capacidad inmediata de castigar. Roma no gobernaba solo con ejércitos, sino con categorías morales: hostes (enemigos), peregrini (extranjeros), infames (indignos) El ICE de la era Trump explota esa misma lógica. ICE se convierte así en lo que Roma llamaría un instrumentum regni: una herramienta para sustituir consenso por obediencia.
El Estado moderno, en cambio, simula legalismo neutral mientras produce efectos de excepción. Eso hace que el paralelismo sea muy inquietante.
