Del pastor Pujol y de doble uso y del gobierno de sus partes según la luna
En Queralbs, pueblo catalán tan estrecho que las cabras se conocían por el culo, vivía un pastor famoso no por las ovejas, sino por el manejo experto de lo que llevaba colgando —y de lo que sabía ofrecer cuando bien convenía.
Era hombre de sexo obediente y voluntad elástica, que no discutía con la naturaleza, sino que la explotaba. Decíase —y no en voz baja— que la luna le mandaba en las carnes con más autoridad que el cura en el púlpito.
Cuando la luna crecía, el pastor se ponía tieso de a propósito, con la bragueta adelantada como quien lleva la contabilidad en regla. Entonces servía a las mujeres del valle, casadas, viudas o indecisas, dejándolas con las piernas flojas y la conciencia pesada, pero satisfechas como tras buena cosecha.
Con la luna menguante, el pastor aflojaba, se volvía receptáculo, y se dejaba trabajar por mozos, arrieros y algún que otro notario curioso, que entraban en su cabaña como quien va a misa prohibida, saliendo sudados, callados y muy generosos en regalos.
Y en luna llena, ¡ah, en luna llena!, el mudable pastor no daba descanso a ningún orificio honesto o deshonesto. Aquello era feria, carnicería de cuerpos, un ir y venir de dedos, lenguas y monedas, que el hombre recibía, daba y volvía a recibir, con una sonrisa sabia, como quien entiende que Dios reparte talentos, pero él los administra.
Fuente: Smith, Jonathan L. “Lunar Bodies and Pastoral Economy: The ‘Pujol Shepherd’ Phenomenon in Sixteenth-Century Catalonia.” Journal of Early Modern Iberian Studies, Vol. 14.
