¿En el siglo XXI la banalización ha adquirido una respetabilidad inédita de modo que se presenta como democracia cultural? ¿Una cultura que no distingue entre lo importante y lo trivial se incapacita para pensar? ¿El resultado de ello es libertad o infantilización? ¿Estamos entrando en una época que ya no sabe qué hacer con la grandeza? ¿La facilidad tecnológica ha abolido el esfuerzo interior? ¿El siglo XXI parece decidido a vivir sin la tensión que produjo las grandes obras del espíritu? ¿Todo debe ser accesible, inmediato, ligero? ¿Está Internet minando nuestra capacidad de concentración y contemplación y atención? ¿Qué ganamos y perdimos en las nuevas formas familiares, en las nuevas relaciones entre hombre y mujer? ¿Tiene nuestra época una relación patológica con la felicidad? ¿Todo debe ser placentero y rápido? ¿Nos encontramos con un promedio de humanidad cansada, cínica y mediocre? ¿Por qué los vínculos, las ideas y las instituciones duran tan poco? ¿Nuestra sociedad es rica en medios y pobre en fines? ¿Aspiramos a algo más que no salirnos de una burbuja de confort técnico? ¿El mundo se ha vuelto más saludable, más pacífico, más alfabetizado y más próspero? ¿Nunca antes tantos seres humanos tuvieron acceso a educación, atención médica, protección jurídica y oportunidades vitales? ¿Vivimos en la era más segura, más ilustrada y más humana de la historia? ¿Logramos una reducción dramática de la pobreza extrema, un aumento sin precedentes de la esperanza de vida y una expansión masiva del acceso al conocimiento? Medicina personalizada, erradicación de enfermedades, expansión radical de la inteligencia humana: ¿Lo que para generaciones pasadas habría sido un milagro, para nosotros es rutina? ¿Ampliamos el círculo de consideración moral con el reconocimiento a los derechos de las mujeres, de las minorías, de las personas con discapacidad? ¿Es la nostalgia por un pasado idílico un error metodológico, un engaño de la melancolía? ¿Es la tecnología la que degrada el pensamiento o la renuncia voluntaria a ejercerlo?
A mis tentativas y provisionales respuestas implícitas a estas preguntas, me atrevería a asegurar que nuestro siglo, corregible como cualquier otro, tan consciente de sus propios errores, no es en absoluto un siglo sublime, pero, bajo ningún concepto, tampoco de los peores de la historia.
NOTA BENE: Permítaseme esta cascada de preguntas retóricas que reconstruyen el debate contemporáneo entre un diagnóstico de la decadencia y la narrativa del progreso. Pretende no ser un panfleto ni una diatriba. Es un texto de un escepticismo ilustrado. Agunas preguntas condensan debates enormes en una sola línea. Y disculpen, por fin, el poco riesgo en mi voz, la templanza o prudencia o apocamiento.
