Cyril 175

El rey Juan Carlos muestra un cuerpo bien alimentado, quebrado, sin nervio ni aspereza. No hay en él gesto de mando ni sombra de inquietud. La cara, amplia y blanda, parece más dispuesta a la trapisonda que al análisis. La mandíbula sobresale con esa genopatía típica de los borbones, grande y sin fiereza; los ojos, patidifusos y abiertos, miran como quien no entiende el mundo tal cual es, sin sospecha ni voluntad de corregirlo. El cuerpo está ahí, completo, de difícil equilibrio, de andar desquiciado y patoso, pero la mente, ay, nada empuja.

El Rey Emérito es de trato llano hasta el exceso. No hay en su figura ese ceño propio de quien gobernó, sino el aire de un hombre satisfecho de sus hábitos y perversiones. Tiene el aspecto avejentado, de un buen señor de caza, más atento a la escopeta y los balandros y las mujeres que a los libros. Su persona es respetable por el volumen fofo, pero carece de toda expresión dominante. El rostro, ancho y sonrosado, parece hecho para la campechanía boba, no para el mando. Viéndole, se comprende que el reino podría andar solo… o perderse sin que él lo notase.

Nada en su figura anuncia el genio del gobierno, la viveza de un estratega o de un sagaz político, el encantador de serpientes de los hombres. Su carne es mongoloide; su mirada, abobada e inerme. Es un rey visible, palpable, corpóreo, y, sin embargo, falto de gravedad. Donde otros príncipes concentran energía, él ofrece superficie, falta de luces. El rey necio no ignora por falta de ingenio, sino por exceso de sí mismo. Cree que mandar es no escuchar y que la majestad consiste en perseverar en el error. Nada hay más peligroso que un rey convencido de su propia suficiencia.

Cuando la mediocridad se proclama norma y la debilidad virtud, la tontería deja de ser defecto y pasa a ser programa.

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