Vivimos en un régimen «doxamaníaco» ( de «doxa», opinión, y «manía», locura ) Donde abunda la gente que no siente necesidad alguna de apelar a instancias superiores, ni de confrontar su opinión con ninguna norma que no sea su propio gusto. Opinan de todo porque nada les obliga a saber de algo. Su rasgo capital no es la ignorancia, sino la suficiencia: no escuchan, no aprenden, no dudan.
Una afirmación repetida con seguridad adquiere para ellos la fuerza de una evidencia. El ignorante que habla con aplomo convence más que el sabio dubitativo. Pensar exige esfuerzo; opinar, no. De ahí el placer y acomodo a opiniones tajantes, inmediatas, sin complejidad.
Indiferentes a la verdad y a la responsabilidad de comprender; nunca argumentan, ni razonan, ni dan cuenta y razón con ideas estructuradas de sus conclusiones; muy perezosos al noble acto intelectual. Las ideas exigen soledad, trabajo y riesgo; las opiniones se heredan como bisutería.
Unamuno: «Hay una charlatanería moderna que no nace del exceso de palabra, sino de la falta de pensamiento. Se habla porque se teme callar; se opina porque se teme no existir. El opinador no busca verdad, busca presencia. Quiere ser oído, no tener razón».
Quien tiene opiniones no necesariamente tiene entendimiento. «La opinión pública es la suma de opiniones privadas de quienes no han pensado jamás por cuenta propia. El ignorante moderno no es consciente de su ignorancia; la exhibe con orgullo. Habla porque no sabe callar, y opina porque carece de la disciplina que exige el pensamiento. El sabio duda; el necio pontifica», Nicolás Gómez Dávila.
El mundo moderno es un paraíso de opinadores y un desierto de conciencias científicas. «Todos opinan, nadie piensa. La opinión es la respiración artificial de los mediocres. Se habla de arte sin haber mirado, de política sin haber sufrido, de filosofía sin haber dudado. La opinión es ruido, y el ruido es la forma más eficaz de ocultar el vacío», Bernhard.
Observen al tertuliano opinando sobre el teorema de Bernoulli, al periodista experto en religión comparada, hebraísmo, y álgebra lineal, al familiar tajante sobre el destino climático del planeta. Al usuario de las redes pontificando sobre geopolítica y macroeconomía.
¿Cómo se forman las opiniones? Lejos de los hechos, del análisis lento de verdades, sobre mundos que se conocen muy imperfectamente, extraídas de un sistema de estereotipos compartidos. Antes, para opinar había que elevarse hasta una idea; hoy basta con descender hasta una emoción.
Amigos lectores, no se conformen con lo inmediato; busquen el argumento y sospechen del optimismo interior de la certeza.
