Su desnudez no tenía nada de inocente ni de culpable. Era antigua, irrevocable, como el bronce. El cuerpo no pedía permiso: cumplía. La piel, tibia y clara, no era promesa, sino destino. Ante ella, el deseo no avanzaba: se agazapaba como leopardo a punto de atacar. El busto se alzaba con una firmeza que no era arrogancia; plenitud con exactamente tres lunares. No era reclamo ni desafío; era equilibrio. Los senos, tensos y serenos, parecían sostener el aire que los rodeaba, como si el cuerpo hubiera aprendido a organizar el mundo en torno a ellos. No había urgencia en su forma, sino una calma poderosa, una seguridad antigua, casi arquitectónica. Al caminar, el balanceo leve de sus nalgas daba al cuerpo una lógica secreta. No había provocación en ese movimiento, sino necesidad física, economía del gesto. Allí se manifestaba una inteligencia del cuerpo anterior a cualquier reflexión, una sabiduría muscular que organizaba el espacio. Y, tras las braguitas, el inmóvil paisaje y el agua más fina.
(A Marta Cots)
