Cyril 182

Unamuno: “En España, pensar es una forma de indiscreción. El hombre que se dedica a examinar las cosas con rigor, a dudar, a matizar, es visto como alguien que perturba una paz hecha de tópicos. Aquí se perdona antes al fanático que al escéptico, al exaltado que al reflexivo. El culto resulta sospechoso porque no grita, porque no se entrega a la consigna. Su soledad no es un capricho: es el precio que paga por no mentirse”.

En España el hombre ilustrado es visto como un hereje, un apestado improductivo, un estorbo impertinente, un excéntrico y un marginal. Según Ortega, el español inteligente suele sentirse solo, incomprendido, sin eco, condenado a hablar para sí mismo o para el futuro. Se perdona antes al fanático que al escéptico.

Yo no parezco español. Amo los libros en un país que ama la frase hecha; busco precisión donde todo es énfasis; prefiero la lentitud cuando se exalta la improvisación. No encajo en la conversación ni en la política ni en la vida práctica.

La cultura no ha sido una autoridad, sino una rareza. Y quien se obstina en ejercerla acaba por convertirse en sospechoso, nos indicó Azaña. Menéndez Pelayo: «El saber en España ha sido frecuentemente heroico, individual, sin respaldo institucional ni reconocimiento social duradero. El hombre docto ha trabajado muchas veces contra su propio medio, sin estímulo ni comprensión, como si el estudio fuera una excentricidad privada y no una función civil”.

Soy un escritor culto, y doblemente rebelde, por culto y loco. Sin prestigio, apenas tolerado, ignorado casi siempre.

No es orgullo, ni altivez gratuita. Soy un español que razona.

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