Cyril 183

Me gusta demorarme sin plan ni propósito definido en librerías de viejo y de ocasión. Errar, volver atrás, oler los libros, tomarlos en mi mano y acariciarlos. El cuerpo se desacelera por necesidad; nadie puede hojear con prisa sin traicionar el gesto mismo de leer, sus reglas metafísicas. Los libros te miran antes de que tú decidas cuál mirar. Los estantes no son simples alineaciones de mercancías, sino barrios, pasajes, callejones del espíritu.

Las librerías de ocasión son lugares donde el libro ha tenido ya una vida. Allí no se compra solo un texto, sino una biografía ajena: subrayados, dobleces, manchas de café, fechas escritas a lápiz, ex-libris, billetes de metro, dedicatorias. Cada volumen es un objeto que ha pasado por manos desconocidas y trae consigo un resto de intimidad. Leerlo es aceptar continuar una conversación interrumpida.

Y sobre las librerías de viejo recordemos al bibliófilo Azorín: “Nada hay más noble que una librería de viejo. En ella los libros no se exhiben, se ofrecen con discreción. El polvo, el papel amarillento, el olor particular del tiempo acumulado forman parte del encanto. Allí el lector no se siente consumidor, sino heredero. Cada volumen parece decir: he esperado mucho; no me lleves en vano”.

Solo queda comprar el libro o los libros; horas futuras de recogimiento, de pensamiento, de diálogo silencioso.

Yo acumulo libros por temor a quedarme sin palabras cuando las necesite.

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