
La ignorancia tranquila es más común que la estupidez, y más peligrosa. Prefiero un espíritu inquieto a una conciencia satisfecha. «Vivir ilustradamente hoy significa aceptar que la complejidad será castigada, que la duda será tomada por debilidad y que la lentitud será interpretada como irrelevancia. Y, aun así, persistir. No por optimismo, sino por decencia intelectual», Steiner.
Hoy me levanté a las cinco y estuve repasando el Copleston. Obra vasta, ordenada, respetuosa. Pero ese mismo ideal excluye algo esencial: la sensación de peligro. En Copleston, casi nunca sentimos que una idea pueda destruir otra, o que una filosofía pueda dejar al lector moralmente desamparado. Es una historia de la filosofía sin vértigo.
Después fui a la tertulia a Orense, pero, antes, me pasé por la librería, donde compré el segundo y tercer volumen de la «Historia de la física cuántica» de Sánchez Ron y «Balada» de Gimferrer. A ellos dediqué la tarde y dedicaré la noche.
Ser ilustrado hoy no significa creer en el progreso, sino en la claridad; no confiar en la historia, sino en los argumentos; no esperar redenciones colectivas, sino practicar una modestia intelectual rigurosa.
Soy feliz leyendo y estudiando.
NOTA BENE (a) : En la tertulia hablé con mi amigo y editor, Moncho Conde Corbal, que me confirmó que no habrá ningún problema en editar mi voluminoso octavo libro, «Ad hominem», y el noveno, «Robinsón en el Miño», con los que doy por concluida mi obra. Ninguno de los contertulios se tomó en serio mi decisión de dejar de escribir, creyéndola fruto de un arrebato o impulso pesimista.
Es una heroicidad llevar una vida ilustrada ¡en estos tiempos! La cultura contemporánea premia la reacción rápida y castiga la reflexión. Persistir en la lectura exigente, en el silencio necesario y en la complejidad no reducible es, en este contexto, un acto de resistencia, insisto en la palabra, heroico. No abdicar a la mediocridad es una forma de valentía.
NOTA BENE (b) Mientras ceneba veía el debate político en la Sexta. En televisión las ideas no son desarrolladas, sino presentadas como estímulos breves, descontextualizados, inmediatamente sustituibles por otros. El pensamiento deja de ser una actividad prolongada y se convierte en una sucesión de impresiones. La televisión no censura las ideas: las disuelve, las bastardiza. El espectador es tratado como un menor de edad permanente, al que se le administra una ración de sentido ya masticada, privada de toda dificultad. Acudo como argumento de autoridad a mi maestro Raymond Aron: «La simplificación permanente de las ideas políticas, necesaria para su difusión televisiva, acaba por destruirlas. El espectador recibe fragmentos inconexos que no permiten ni comprensión ni crítica. El debate se convierte en una representación, y la verdad en un accesorio incómodo».
