Cabaleiro 4

Debo continuar escribiendo, que NO publicando. Dejar de escribir, para mí, es deshilacharme. Existen muchos modos de articular la identidad; la mía es escribiendo. Publicar tiene una dimensión más de exposición y expectativa de respuesta, que, dado mi colosal fracaso, ya ni me atrae ni me interesa. Escribiré en las redes. Las redes no son literatura, pero sí pueden ser un modo de presencia, y eso me hace bien. No estoy diciendo: “Quiero dejar de escribir”, estoy diciendo: “Quiero dejar de mentirme” (aspirar a la función de mercado y reconocimiento del escritor édito)

Porque no escribir me destroza. No es una ocupación entre otras, ni una vocación que pueda abandonarse sin consecuencias: es la forma misma en que respiro, en que soy, en que mis branquias cogen oxígeno. La escritura me da savia y existencia. El público es una circunstancia secundaria, y la publicación, una molestia -y mucho más acusada si te conviertes en esa figura grotesca de escritor mediático o famoso. Lo que escribo está destinado a una minoría selecta y esa tampoco resonó.

Mi querido maestro Walser escribió: “Nunca he escrito para producir libros, sino para caminar con el pensamiento. La idea de una obra me resulta sospechosa: demasiado definitiva, demasiado satisfecha. Escribir me sirve para no endurecerme, para no convertirme en alguien que se toma demasiado en serio. Publicar es una interrupción; escribir, una continuidad”. Entiendo muy bien esas palabras.

Escribo para desahogar mis ideas, no para venderlas en la plaza pública. Soy un escritor onanista, no un tendero. Esperé ingenuamente algo de la publicación; ahora ya nada. Escribo para no disolverme, no para ganar dinero y salir en la televisión.

A veces (no siempre) la publicación lo estropea todo.

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