
Boswell, en «Vida de Samuel Johnson», nos narra: “Cuando Johnson tomaba el libro y se ajustaba las gafas, el mundo quedaba excluido. No eran un adorno ni una debilidad: eran su armadura. Decía que leer sin ver con precisión era como pensar sin distinguir conceptos: una forma de pereza disfrazada de valentía”.
Se me rompió la montura de mis gafas de cerca. Sin ellas, las palabras son manchas; con ellas, vuelven a ser voces. Hay días en que la cabeza está viva pero los ojos no la siguen, y entonces las gafas se convierten en el delicado puente entre el pensamiento y la página.
¿Gafas? El lector que necesita gafas ha leído mucho: ha gastado los ojos en signos. Son, en cierto modo, una condecoración silenciosa. Las gafas recuerdan que leer no es un acto natural, sino una conquista frágil.
