Cabaleiro 5

(i) No puedo menos que asentir con Montaigne (traducción libre de los «Ensayos», II, 17): «Me siento tan vivamente tocado por el mérito de otro como si fuese propio. No conozco pasión más natural ni más justa que alegrarme del bien ajeno cuando lo reconozco verdadero. La gloria de los hombres excelentes no me empequeñece, me agranda: añade mundo a mi mundo. Me parece que el espíritu humano se honra entero cuando uno solo alcanza su cima. Quien no sabe admirar, se mutila. Quien no puede gozar del talento ajeno, vive empobrecido incluso cuando triunfa».

Vivo el éxito ajeno de algunos autores como una victoria de la literatura misma. Leo los libros de Colell con emoción profunda. Me consuela pensar que, mientras existan libros así, no todo está perdido. Su éxito me tranquiliza. Prueba que la excelencia no es inútil y que aún se puede escribir sin falsedad. El triunfo de un libro verdadero es un triunfo para todos los que escribimos a su sombra. Hay una alegría secreta en ver que otro ha llegado más lejos: demuestra que la justicia existe.

Borges (paráfrasis fiel a una de sus «Conversaciones»): «Nunca he entendido la envidia literaria. Cuando un escritor escribe bien, el mundo se enriquece, y ese enriquecimiento es común. Que otro alcance la perfección que yo no he alcanzado no me disminuye: me confirma. Prefiero leer una obra admirable que escribir una mediocre. El éxito ajeno no me roba nada; me da algo que leer».

Produce placer ver florecer el talento de otros. El verdadero espíritu no teme ser superado, porque sabe que cada grandeza nueva amplía el horizonte del arte.

Enhorabuena, Marc.

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(ii) Critico mi prosa de estilo deliberadamente no trabajado, el que se queda en la linde de las zonas de sombra donde la conciencia vacila. La verdadera prosa no es un derrame espontáneo del sentimiento, sino el resultado de una construcción intencional. El escritor que se abandona a la inspiración sin método produce confusión, no intensidad. Toda buena prosa debe ser concebida con el mismo rigor que una demostración matemática: cada frase tiene una función, cada palabra una necesidad. Allí donde no hay cálculo, no hay arte.

El estilo auténtico no se adquiere ni se aprende: se soporta. Es una carga que el escritor lleva consigo y que lo obliga a escribir incluso cuando ya no espera nada de la literatura. Allí donde no hay esa compulsión, hay oficio; allí donde existe, hay destino.

(Reflexiones de orden muy general a propósito del estilo de prosa en la novela «Las crines» de Marc Colell)

Enhorabuena, Marc.

NOTA BENE: Aunque la fraseología tiene un ritornello algo cursi y propio de un mediano escritor victoriano, de «Las crines» se puede decir lo que Abdelguáhed el Marrecoxi escribió sobre la Qasīda ‘Abdūniyya de Abdún: «Es una perla que empalidece toda poesía y encanta con su magia; conforta el corazón cual bebida espirituosa; ninguna alcanza tal fulgor; nadie podrá disputarle la cima que ha alcanzado».

Su prosa branquial aletea como el amarillo (el color de los locos) A veces es cortante, áspera y sucia como una baba o un diente de perro o sangre de ternera, y, otras, ámbar y gotas de porcelana deslizándose por la piel tibia igual a una caricia voluptuosa. Para mi particular sinestesia, en mis asociaciones privadas, no se presenta su lenguaje como objetos separados, sujeto y predicado, sino como una llanura densa donde martillea vasta geometría. Las letras de sus páginas no entran por los ojos, se quedan pegadas a la piel. Siento zumbando palabras verdes como quemaduras, otras, blancas como una mariposa grande dentro de un confesionario, o rosas, como un ataque de vértigo en mitad de la noche y la soledad.

Gran libro, Marc.

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