
La prosa de Pérez-Reverte está construida sobre la frase sentenciosa, no sobre la frase pensante. Cada párrafo parece exigir asentimiento inmediato, como si la literatura fuera una sucesión de verdades viriles que no admiten réplica. No hay respiración sintáctica ni deriva reflexiva: la frase cae como un veredicto. Es una prosa que no dialoga con el lector, lo somete.
Marías escribía como quien no termina nunca una frase porque sabe que pensar es demorarse. Pérez-Reverte escribe como quien remacha: frase corta, sentencia, cierre. Uno confía en la dilación; el otro en el impacto del anabolizante didáctico.
Pérez-Reverte no es un mal escritor: es algo más decepcionante. Es un escritor que podría haber sido peligroso y eligió ser confortable. Ha cambiado la intemperie por la trinchera, la duda por la pose, la literatura por la épica de sí mismo. Sus libros se leen con facilidad y se olvidan con la misma rapidez, porque no dejan herida: solo ruido bien organizado.
La literatura empieza cuando el autor se vuelve vulnerable ante su propio texto. Pérez-Reverte nunca se vuelve vulnerable. Por eso escribe novelas sólidas, eficaces, vendibles… y profundamente irrelevantes a largo plazo. No porque estén mal hechas, sino porque no arriesgan nada esencial.
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Cuando la universidad confunde la popularidad con la relevancia estética, abdica de su función crítica. Estudiar productos de consumo masivo puede ser legítimo desde la sociología cultural, pero convertirlos en paradigma literario es un síntoma de rendición: la institución deja de formar criterio para reflejar el mercado.
La inflación de estudios sobre best-sellers no indica apertura democrática del canon, sino empobrecimiento del juicio. La academia, incapaz de sostener la exigencia formal y conceptual, sustituye la dificultad por la accesibilidad y llama a eso actualización.
