Cabaleiro 13

(A propósito de la idea de Sánchez de prohibir las redes sociales a menores de 16 años)

Desde John Stuart Mill en adelante, el daño debe ser directo, claro y no evitable por medios menos intrusivos. Aquí entran la educación digital, el control parental, la regulación de plataformas, la alfabetización mediática, la responsabilidad civil, etc. Desconfío del estado-pastor que infantiliza. La medida de Sánchez traslada la responsabilidad de padres y educadores al BOE, y, además, produce sujetos obedientes, no sujetos críticos. Que algo comporte riesgos no lo convierte en prohibible. ¿Qué será lo siguiente? Leer panfletos, ver pornografía blanda, exponerse a propaganda política o a estupideces virales ¿Cómo defender la razón sin traicionar la libertad? La mayoría concluimos: con más razón, no con más prohibición. Una sociedad libre acepta riesgos porque confía más en la educación que en la prohibición.

Popper, cuando propuso la iliberal medida de prohibir la televisión por sus contenidos nocivos para los menores, y Sánchez, coinciden en algo: los medios masivos modelan conciencias y la exposición temprana puede ser intelectualmente deformante. Hasta aquí, un liberal serio puede asentir. Pero las redes sociales, en cambio, y a diferencia de la televisión, son interactivas (aunque caóticas), plurales en emisores, potencialmente creativas, no solo receptivas. Aplicar el mismo criterio es analógicamente torpe. Si prohibimos eso, ¿qué será lo próximo? Pasado mañana libros “problemáticos”, prensa sensacionalista, canales de YouTube, podcasts “tóxicos”. La pendiente resbaladiza asoma.

Prohibir redes es tratar el síntoma, no la enfermedad: una sociedad con bajo nivel crítico y educativo. Las prohibiciones tecnológicas amplias generan hipocresía normativa (todo el mundo sabe que se incumple), normalización del fraude (edades falsas, cuentas paralelas, VPN) Como liberal temo estas leyes porque debilitan el respeto general a la ley. Cuando la norma es irrealista, se vuelve cínica.

La idea de que el Estado no debe meterse en nuestras conciencias, en la educación íntima o en la vida privada tiene una larga tradición liberal y también republicana clásica. No nace como una defensa del egoísmo, sino como un intento de proteger la esfera interior del individuo frente al poder político. Sin entrar en valoración partidista, el debate gira alrededor de tres preguntas filosóficas: ¿Es una medida de protección o de tutela moral? ¿Sustituye la responsabilidad de padres y educadores por la del Estado? ¿Puede el poder político decidir qué formas de sociabilidad son legítimas? Hay argumentos a favor (protección frente a algoritmos adictivos), pero desde la crítica liberal sostenemos que cuando el Estado define el entorno mental aceptable para los menores, empieza a intervenir indirectamente en la conciencia futura de los ciudadanos.

«La única finalidad que justifica que la humanidad interfiera en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros es la autoprotección. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano. Un gobierno que pretende moldear la conciencia o dirigir la educación moral de las familias no protege la libertad: la reemplaza por una tutela perpetua. Allí donde la costumbre política decide cómo debe vivirse la vida privada, la individualidad se marchita como planta sin aire». J.S. Mill en «Sobre la libertad».

«No imagino un tirano que encadene a los ciudadanos con hierro; imagino un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar sus placeres y regular sus destinos. No rompe voluntades, las ablanda. No manda pensar, pero evita que se piense demasiado lejos. El ciudadano se convierte en un niño perpetuo, y el Estado en un pedagogo universal que decide qué debe temer, qué debe leer y qué debe desear», Tocqueville en «La democracia en América.»

«La libertad consiste en un espacio donde otros —incluido el Estado— no interfieren. Cuando el poder político afirma saber qué vida es mejor para nosotros, la libertad se transforma en obediencia ilustrada. Puede que la intención sea benévola, pero el resultado es una reducción progresiva de la diversidad humana, pues cada intervención moral tiende a uniformar lo que antes era plural», I. Berlin.

«Un gobierno que comienza regulando comportamientos por razones sociales termina justificando la planificación de la vida misma. No es necesario que exista una tiranía abierta: basta con la convicción de que una autoridad central puede decidir mejor que los individuos cómo deben vivir. Así nace la erosión lenta de la libertad personal, envuelta siempre en lenguaje protector», Hayek.

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