Cabaleiro 16

El corrector —si es diligente— devuelve al libro la claridad que el entusiasmo había oscurecido. Un error tipográfico es una pequeña mentira repetida miles de veces. El libro tiende al caos si nadie lo vigila.

«Nada hay más ingrato que el ojo del corrector: ve lo que nadie quiere ver. Mientras el autor sueña con personajes, otro hombre —anónimo y paciente— retira las piedras del camino para que la lectura parezca natural», Galdós.

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