Una inmigración rápida y numerosa puede producir fracturas simbólicas si los recién llegados no comparten lengua, costumbres básicas o instituciones. Mi preocupación no es solo económica, sino civilizatoria: temo que el consenso cívico se vuelva frágil cuando desaparecen referencias comunes.
Cuando la inmigración se concibe únicamente como un derecho abstracto y no como una relación recíproca de pertenencia, se debilita el vínculo emocional con el territorio. Mi idea central: sin lealtades compartidas, la política se vuelve pura administración.
La diversidad puede enriquecer, pero también advirtamos que una sociedad puede perder capacidad de integración si se multiplican comunidades cerradas que no interactúan.
Las comunidades políticas tienen cierto derecho a decidir quién entra, porque esa decisión forma parte de su autogobierno colectivo. Para mí, la justicia exige equilibrar la obligación moral hacia el extranjero con la responsabilidad hacia los miembros existentes.
A veces son peligrosas las emociones nobles. Las buenas intenciones pueden terminar en resultados injustos si no se consideran las consecuencias reales sobre las clases trabajadoras, la vivienda o la cohesión social.
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Popper, el caso de un liberal no necesariamente anti-inmigración.
Popper veía el nacionalismo cerrado y el “tribalismo” como regresiones históricas. Para él, una sociedad abierta debía permitir el movimiento de ideas, personas y críticas. Desde esta perspectiva, la inmigración no es una amenaza en sí misma, sino una consecuencia natural de un mundo libre. Proponía evitar soluciones ideológicas totales (ni apertura absoluta ni cierre total), sino evaluar efectos reales en empleo, convivencia, instituciones, y corregir tales efectos sin dogmatismos.
