(Para Marta Peirano y demás tribu)
Escribe usted de manera lezamiana, gongorina, «filosofista». Recuérdelo, querida colega: el verdadero poder del estilo no consiste en acumular ornamentos, sino en producir una impresión inevitable sobre la mente. Hay escritores que creen que la grandeza nace de la amplificación; pero la amplificación sin pensamiento no es más que ruido verbal. El lenguaje debe seguir al pensamiento como una sombra; cuando lo precede, se convierte en espectáculo.
Usted huye de la frase sencilla y solo nos deja un eco bronco. Pensar profundamente no consiste en escribir oscuramente. El lenguaje no debe interponerse entre el pensamiento y el lector. Cuando la frase se vuelve demasiado consciente de sí misma, el entendimiento tropieza y el sentimiento se enfría. No hay mayor impostura literaria que esa gravedad sonora que pretende pasar por filosofía.
Vienen a mi mente dos citas de Addison: «Nada es más contrario al verdadero gusto que esa oscuridad que algunos escritores buscan como si fuese una prueba de profundidad. El lector no debe abrirse paso entre espinas para hallar el sentido; la claridad es la cortesía del autor hacia el entendimiento humano.» Y también: «Hay quienes creen elevar su discurso multiplicando figuras y giros extraordinarios; pero el estilo, como el vestido, pierde dignidad cuando se carga de adornos inútiles. La verdadera elegancia consiste en una naturalidad que no llama la atención sobre sí misma.»
