Cabaleiro 23

Tretas, desviaciones y argumentos aparentes (ad hominem, ad populum, tu quoque…), y exceso de dogmas, envidias, y resentimientos, y opiniones bulldozer… ¡Estemos en boca de todos! Aunque sea por ser el mayor cenutrio de España. Aunque sea por defecar por una boca sin brida.

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En griego dice, de forma aproximada: Ἄριστον τὸ μὴ ὁμοιοῦσθαι τῷ ἀδικήσαντι (Marco Aurelio, «Meditaciones», Libro VI, 6) Literalmente: Lo mejor es no asemejarse al que obra injustamente. En los siglos XVII-XVIII tuvo traducciones moralizantes, por ejemplo: La mejor satisfacción contra el injuriante es no imitar su maldad.

Es una máxima muy bella, ésa de no degradar nuestro estilo interior imitando al odio. La idea logró una fecunda tradición, desde Epicteto hasta Arendt, pasando por Agustín de Hipona.

La discusión puede ser necesaria, pero mimetizarse con el adversario brusco vulgariza el pensamiento y ensucia el corazón.

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Cómodo se exhibe como gladiador, busca aplauso popular y delega la política en favoritos corruptos. Herodiano y Dión Casio lo presentan como ejemplo del paso del imperio serio al imperio espectáculo. Más: Nerón es perito en carreras, juegos, música y apariciones escénicas; mientras el aparato administrativo se degrada (léase a Suetonio y a Tácito) O bien Calígula: fiestas, caprichos, gestos extravagantes (y una administración errática)

Nuestro rey ubuesco convierte la política en sainete, en vodevil y en esperpento. Recuerdo al gran Quevedo: «Gobernar con máscaras es fiesta para el vulgo y ruina para el reino». Y a mi maestro Gracián: «Muchos príncipes entretienen al pueblo para que no advierta su miseria». Sin olvidar al gigantesco Swift: «Los ministros inventan disputas pequeñas para ocultar faltas enormes.»

El político mediocre necesita multitudes entretenidas. Que hable el circo (Musk, la flotilla a Gaza etc.) y calle la política.

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