Para Urtasun y afines, sobran de la cultura los nombres patricios y fundadores de la civilización occidental. El activismo contemporáneo tiende a dividir a las personas en grupos irreconciliables de opresores y oprimidos; el ministro «fake» considera a España un gran opresor. Su ortodoxia social transforma la justicia en un sistema de dogmas incuestionables. Para él prima la identidad sobre el individuo.
Y prefiere, antes que a Shakespeare, un par de aperos de labranza, y en lugar de «Lolita», lo que leen las lolitas; y apuesta antes por una novela de un transexual hermafrodita negro, que por la obra completa de Voltaire o Milton o Borges. Bajo la bandera del relativismo cultural, los despistados universitarios llegan convencidos de que todas las opiniones valen lo mismo, lo cual les impide comprender por qué los grandes libros fueron considerados grandes.
Shakira -festiva, bailonga y entretenida- en vez de Bach, colorines emocionales en lugar del teorema de Gödel o la geometría diferencial. E Ibai, TVE y María Pombo sustituyendo una página de Henry James o una sinfonía. Eso propone en el fondo nuestro lenguaraz político comunista.
El destrozo de este ideario es peor que las cuevas de los bárbaros.
