Cabaleiro 26

Godefroid Kurth (1847-1916) fue un prestigioso historiador belga que publicó en 1905 un breve texto con el título «Qu’est-ce que le Moyen Age?» con el que quiere deshacer esa falsa percepción de la Edad Media en la que «era inevitable llegar a creer que era completamente cruda, bárbara, ignorante, falta de inteligencia, sucia, engañada por sacerdotes astutos y por sus propios prejuicios, sometida a toda forma de violencia o que la cometía, incapaz de espíritu cívico, incapaz de alcanzar los grandes ideales de nación, progreso, justicia social y vida intelectual». Recomiendo intensamente la lectura del libro.

También es muy apetitoso «Las hortensias», de Felisberto Hernández, un relato de culto, un texto de unas 56 páginas, un cuento largo, publicado por primera vez en una revista uruguaya en 1949, que rompe moldes y sorprende a los lectores de cualquier época y condición.

Y puestos a investigar, huronear y leer rarezas: «Rerum Scoticarum Historia Auctore Georgio Buchanano Scoto Ad Jacobum VI Scotorum», o bien, «Speculum vitae humanae» (Roma, 1468), de Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de Zamora, que encarna varios hitos: fue fruto de los primeros impresores establecidos en Italia y constituye el primer libro impreso en vida de su autor. Lambert Palmart, uno de los primeros impresores de España, y Alfonso Fernández de Córdoba, el primer impresor español nativo, publicaron en 1478 la primera Biblia en lengua vernácula, la Biblia valenciana.

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Richard de Bury, «Philobiblon» (c. 1345): «Los libros no son cosas muertas, sino recipientes de vida; en ellos respiran los espíritus de los sabios. Algunos son tan raros que apenas se dejan ver, como estrellas que sólo aparecen una vez en cada siglo; y cuando llegan a nuestras manos, debemos tratarlos como reliquias, no como mercancías vulgares». De Bury es el gran patrono medieval de los cazadores de rarezas; ya habla de libros esquivos y casi milagrosos.

O Robert Burton, mi gran maestro, de quien me inspiro recurrentemente. En «The Anatomy of Melancholy» (1621) escribe: «Nada deleita más al estudioso melancólico que perderse entre libros antiguos y curiosos; no tanto por su doctrina cuanto por la extrañeza de sus títulos, la rareza de sus autores y la singularidad de sus historias, que convierten la lectura en una peregrinación». Burton describe exactamente ese goce casi arqueológico que yo llamo a veces “excavar entre escombros”.

Olor a polvo, tipos antiguos, páginas sin cortar… Libros más objetos de amor que instrumentos de estudio. Bibliotecas llenas de volúmenes curiosos que ningún hombre lee, pero cuya presencia ennoblece el ánimo del propietario. Muchas veces las obras más raras y menos estimadas contienen los testimonios más vivos de un siglo.

Jonathan Swift como contrargumento: «Un necio compra libros grandes y raros para que los visitantes admiren los lomos dorados; pero esos libros, si pudieran hablar, se quejarían de no haber sido abiertos desde el día en que fueron encuadernados».

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