(Para José Manuel Lucía Megías)
La gran literatura constituye una tradición viva… una continuidad de la conciencia. Leer a Cervantes, Lope o fray Luis es tan real como hablar con un amigo. Un clásico no es un objeto erudito, ni seco polvo de tesis doctoral, más bien es ese colega del bar que te desmonta los argumentos con una sonrisa irónica. Los escritores del pasado se vuelven contemporáneos nuestros. Leer a Cervantes es algo parecido a sentarse con un viejo conocido y discutir sobre el mundo, sobre el borroso tema de la vida.
El lector fiel no acumula libros: acumula amistades diferidas en el tiempo. Algunos autores se sientan contigo como maestros; otros como compañeros de mesa. Y hay días —lo sé bien— en que Cervantes o Montaigne escuchan más que cualquier vivo. Abrir un libro antiguo es como encontrarse con un viejo amigo cuya conversación nunca se agota. Los autores del pasado nos hablan sin el batiburrillo de esa cotidianidad, a menudo miserable. Hay en ellos una familiaridad suave, íntima.
Cervantes: un amigo que comprende y perdona.
NOTA BENE: Muchas gracias por sus investigaciones, profesor.
